Una columna de fuego naranja y nubarrones de humo negro subían hacia el cielo vespertino de Austin, Texas, mientras los bomberos se apersonaban a un edificio de apartamentos de dos pisos en llamas.
Mientras los carros-bomberos con sus sirenas a todo volumen se detenían, gente en pijamas, ropa interior y aún arropada con sobrecamas corrían desde el edificio.
Un joven bombero observó horrorizado como una joven embarazada gritaba desde una ventana del segundo piso. Entonces, atendiendo al grito urgente, en castellano, de un joven que ya estaba abajo, ella saltó aterrizando con un golpe seco. Los bomberos se apresuraron a conectar sus mangueras y a avanzar en medio del infernal calor, pero la experiencia les decía que era demasiado tarde para salvar el edificio o a alguien atrapado todavía en su interior.
Se trataba de un fuego explosivo, probablemente iniciado por kerosene o alguna otra sustancia inflamable.
En tierra, un hombre y una mujer llegaron tropezándose como antorchas caminantes. Los para médicos corrieron a cubrirlos con sábanas, apagando las llamas, intentando consolarlos y gentilmente ayudándoles a abordar las ambulancias. “¡No, no quiero ir!” gritó la mujer, su rostro carbonizado y cubierto de lágrimas. “¡Mi bebé está allí todavía! Tengo que sacarla”
Pero para entonces, su apartamento semejaba el interior de un horno. Con tristeza, un joven médico movió la cabeza y con firmeza encaminó a la mujer hacia la ambulancia. No fue sino hasta casi en la mañana que hallaron los restos de la niñita de quince meses en las ruinas humeantes.
Pero antes de hallar el cuerpo del bebé, las autoridades habían descubierto la horrible verdad sobre la causa del siniestro. Un hombre, molesto porque alguien no le había pagado ocho dólares, había disparado un revolver de bengalas hacia el edificio a través de la ventana, incendiando algún material inflamable.
Un edificio completo se quemó hasta sus cimientos, 48 personas quedaron sin hogar, siete personas fueron hospitalizadas y un bebé murió. . .tan sólo por una discusión sobre ocho dólares.
Cosas pequeñas pueden construir o pueden destruir. Detalles, solo detalles sin tratar pueden iniciar un gran incendio. Muchos han destruido sus hogares solo por cosas pequeñas. Heridas sin perdonar, momentos sin sanar, instantes sin reconocer y amarguras sin drenar. No dejes que este día sea empañado por cosas que se pueden solucionar, por “ocho dólares” puedes perder tu vida, tu familia, tu trabajo o tus hijos.
“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. . . quítese de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” Efesios 4:26-27, 31

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