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lunes, 30 de noviembre de 2009

CONGREGADOS EN VANO

Los filisteos juntaron sus ejércitos para la guerra, y se congregaron en Soco, que es de Judá, y acamparon entre Soco y Azeca, en Efes-damim. También Saúl y los hombres de Israel se juntaron, y acamparon en el valle de Ela, y se pusieron en orden de batalla contra los filisteos. Y los filisteos estaban sobre un monte a un lado, e Israel estaba sobre otro monte al otro lado, y el valle entre ellos. 1Samuel 17.2–3
El texto de hoy inicia el capítulo que relata la victoria de David sobre Goliat. Como bien sabemos, este fue sólo uno de una larga historia de conflictos entre estos dos pueblos enemigos. En este incidente, sin embargo, encontramos a los israelitas paralizados por el temor. Durante cuarenta interminables días el gigante salía dos veces por día, por la mañana y por la tarde, para lanzar su desafío a los hombres del ejército de Saúl. Sin embargo, no se encontraba entre ellos un solo hombre dispuesto a hacerle frente al filisteo. Los israelitas estaban reunidos, pero de nada les aprovechaba.

Las batallas no se ganan con sólo reunir al ejército. Convocar a los guerreros es parte de la etapa preparatoria para confrontar al enemigo, pues si luego no se movilizan para iniciar las hostilidades de nada sirve que se hayan reunido. Aun cuando se trate de una multitud superior a las fuerzas del enemigo, las batallas solamente se ganan cuando se toma la decisión de entrar en combate.

De algún modo la imagen de los israelitas que acompañaban a Saúl, tan indecisos y pasivos en el momento que más firmeza se requería, nos ofrece una buena ilustración de la iglesia cuando ha perdido su rumbo. La verdad es que siempre se ha luchado contra la tendencia de convertir la reunión en un fin en sí, cuando, en realidad, el propósito de la reunión es alistar a las tropas para la batalla. No obstante, en infinidad de congregaciones el compromiso de los cristianos simplemente consiste en reunirse y desbandarse, una práctica que no afecta ni intimida en lo más mínimo al enemigo. Cuando la iglesia asume esta postura de inacción, sus enemigos se burlan de ella y la ridiculizan por su falta de injerencia en la sociedad en que vivimos.

El propósito para el cual existe la iglesia es ser sal y luz en la tierra, para anunciar “las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”   1Pedro 2.9   Esta no es más que la continuación del propósito original de Dios de crear un pueblo para sí. La bendición que entregó a este pueblo debía resultar también en bendición para aquellos que aún no habían sido alcanzados por ella, de modo que todas las naciones de la tierra llegaran a ser benditas  Génesis 12.3

Como líderes es fundamental que mantengamos los ojos sobre esta realidad. Nuestra función no es proveer una interminable sucesión de reuniones para que el pueblo de Dios esté entretenido. Convocamos a los hijos de Dios para capacitarlos «para la obra del ministerio»  Efesios 4.12   y tenerlos en un estado de pasividad atenta contra los propósitos mismos para los cuales fueron comprados.

La iglesia, cuando funciona con la dinámica correcta, se reúne para luego salir a conquistar nuevos territorios del enemigo.

Esta es su vocación, y ¡ni las puertas del Hades podrán contra ella!

domingo, 29 de noviembre de 2009

DÍA DE LA FAMILIA

Ayer celebramos el día de la familia, fue un día excelente, nos gozamos con las alabanzas y especiales, y sobre todo con la predicación de la Palabra de Dios.
Un hermano sordo se bautizó, luego saboreamos como buenos bautistas un riquísimo almuerzo, acompañado con fotos, y deportes.
Por la tarde proyectamos una película hecha por los sordos, y fue tremendo, al término se bautizaron dos hermanos más que decidieron rendirse por obediencia a Dios.
Fue un día tremendo. Pasamos los 400






jueves, 26 de noviembre de 2009

PUERTA ABIERTA

No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.  1Corintios 10:12, 13

Cheche es un boca sucia. Es fácil ver que heredó esa mala costumbre de su papá, quien se ganaría una medalla de oro por las malas palabras si éstas fueran un deporte en las Olimpíadas. Un amigo le dijo a Cheche que cuando se sintiera tentado a decir malas palabras, debía orar sobre el asunto.

Aconsejarme que ore acerca de no decir una mala palabra es como aconsejarme que no piense en un elefante violeta…se quejó Cheche… Pienso todavía más en ella. Orar acerca de la cosa mala que quiero hacer no me ayuda.

Cheche tiene razón. La presión de volver a una mala costumbre es fuerte. Seguro que sientes presiones a tu alrededor empujándote a hacer cualquier cosa excepto lo que Dios quiere.

1.-  Memorizar versículos de la Biblia transforma tu mente. Cuando oras recurres al poder de Dios. Pero también necesitas algunas estrategias específicas para manejar las tentaciones. Prueba estos “caminos de salida” del pecado:

2.-  Decídete con anterioridad a hacer lo bueno. No esperes hasta que aparezca la presión para decidirte entre lo bueno y lo malo. En el momento que eres tentado, hacer lo malo siempre parece lo mejor. (¡Eso es lo que lo convierte en una tentación!).

3.-  Evita situaciones malas. Si estás manejando un auto, es peligroso virar hacia una salida en el último segundo. De la misma manera, es peligroso ponerte en una situación en que enseguida te puedes meter en líos. Si ves que viene la tentación, vete enseguida a un lugar donde estés a salvo.

4.-  Escoge amigos que te lleven en una buena dirección. Anda con los que creen lo mismo que tú. Involúcrate en grupos que apoyan tus decisiones acertadas.

5.-  Busca la sabiduría de terceros. La Biblia dice que puedes adquirir mucha sabiduría por las experiencias ajenas. Hablar con tus padres, pastores o líderes juveniles puede ayudarte a tomar buenas decisiones.

6.-  Rompe tus relaciones dañinas. Si estás siendo presionado o cediendo a la presión de alguien, apartarte de esa relación o terminarla alivia la presión.

7.-  A correr. Sé honesto en cuanto a tu debilidad. Si crees que no puedes manejar una situación, emprende una retirada rápida y estratégica.

8.-  Ora. Ya que lo estás haciendo, no te olvides de orar. Pídele a Dios que te ayude, porque ninguna de estas otras estrategias dará resultado a menos que sepas que realmente necesitas el poder de Dios. Sea la oración tu primer paso para evitar las tentaciones, y úsala a cada paso del camino.

¿Qué presiones sientes en este momento para hacer algo malo? ¿De qué manera puedes usar estas estrategias para hacer lo bueno?

Dedica tiempo a hablar con Dios acerca de las presiones que sientes.

Piensa en una tentación que sientes con frecuencia. Apunta tres caminos de salida que puedes usar para evitar lo malo. ¡Coloca tus apuntes donde puedas verlos!

miércoles, 25 de noviembre de 2009

¿MENTIROSO, DEMENTE O SEÑOR?

Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente! Mateo 16:13-16

Qué tonta eres, se rió Andrés; Soledad, ¿cómo puedes creer todo eso en la Biblia? Jesús habrá sido una gran persona, pero no era Dios.
Soledad se quedó con la boca abierta. Ella y Andrés eran compañeros en una escuela cristiana. Soledad quería defenderse, pero no le salían las palabras.

Ya sé, dijo Andrés, estás pensando cómo es que estudio en esta escuela cristiana. Sé mucho del evangelio. Pero no estoy seguro de que lo creo.
Andrés no es el primero que tiene este tipo de dudas. Tampoco eres el primero que se haya formado en un hogar cristiano y que vaya a una escuela cristiana pero que cuestiona su fe. Pero hay un problema. Jesús afirmó ser Dios, y punto.

Pero probemos por un segundo el punto de vista de Andrés. Si Jesús no era Dios, ¿qué era? Hay sólo tres opciones:

Primera opción: Quizá Jesús era un mentiroso. Jesús dijo ser Dios. Pero supongamos que no lo era. Eso lo convertiría en el peor mentiroso que jamás ha existido. Le decías a los demás que fueran honestos mientras enseñaba y vivía una enorme mentira.
Pero la posibilidad de que Jesús estuviera mintiendo no coincide con lo que sabemos de él y los resultados de su vida. Cada vez que alguien ha descubierto quién es Jesús, su vida ha cambiado para bien. Alguien que vivió como Jesús vivió, enseñó y murió no puede haber sido un farsante.

Segunda opción: Quizá Jesús era un demente. Si alguien te dijera que es Dios, lo tomarías por loco, como alguien que afirma ser Santa Claus. Pero Jesús no mostraba ninguno de los síntomas que acompañan la demencia. Jesús mantuvo la calma cuando sus enemigos lo atacaban. Dijo algunas de las palabras más sabias que jamás se hayan registrado. Jesucristo no era ningún loco.

Tercera opción, Jesús es Señor. Si nuestro Salvador no es un mentiroso ni un demente, es quien afirmó ser: el Hijo de Dios.
Jesús, entonces, es un mentiroso, un demente o el Señor Dios. Tienes que decidir lo que vas a creer. Pero tienes ayuda para poder tomar la decisión acertada: la Biblia. Ésta provee el registro históricamente fidedigno de que Cristo resucitó de entre los muertos. Darte las razones indiscutibles para creer es una de las grandes razones por la cual Dios te dio la Biblia. Como escribió Juan: “Pero estas cosas se han  escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” Juan 20:31.

 Así que, ¿quién crees que es Jesús: un mentiroso, un demente o el Señor? ¿Por qué lo crees?

lunes, 23 de noviembre de 2009

ANTÍDOTO A LA DIVISIÓN

Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios; 1Corintios 12.22

Cada congregación tiene al menos dos o tres personas que entran dentro de esta categoría, hermanos que calificaríamos de “débiles”. Son esas personas problemáticas que no terminan de insertarse correctamente en el cuerpo, especialistas en comportamientos o comentarios inapropiados. El resto convivimos con ellos, movidos por una mezcla de tolerancia y lástima. ¿No hemos sido llamados, acaso, a la compasión?

Aun con esta perspectiva, la declaración del apóstol Pablo nos confunde. ¿Qué es esto?, ¿los miembros del cuerpo que parecen ser los más débiles son los más necesarios? Estamos acostumbrados a pesar el valor de las personas por la contribución que hacen a nuestras vidas. Con ese parámetro, ¡estos «hermanitos» definitivamente no parecen los más necesarios! Al contrario, parecen los menos importantes. Los verdaderamente necesarios para el buen funcionamiento del cuerpo son el pastor, los ancianos o los diáconos. ¡Ellos sí sirven a la iglesia con sus dones y talentos!

El problema es que estamos mirando la declaración del apóstol desde la óptica equivocada. Mientras busquemos entenderla a la luz del beneficio que nos dan los demás no tendrá sentido para nosotros lo que él está diciendo. Mas Pablo no pensaba que estos hermanos problemáticos son los más necesarios por lo que nos dan a nosotros. Son necesarios por lo que nosotros nos vemos obligados a darles a ellos. Considere cómo continúa el pasaje: “y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad” 
1Corintios 12.23–24Observe con cuidado la descripción de acciones tales como “vestir” y “tratar”. Quienes las debemos llevar a cabo somos nosotros y lo hacemos, precisamente, con estos miembros que parecen más débiles.

Esto no es porque alguno de nosotros lo haya planificado de esta manera, sino que es parte del designio soberano de nuestro Creador. ”Pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros” 
1Corintios 12.24–25 El Señor, guiado por su maravillosa sabiduría, sabe que la única manera de enseñar verdadero amor y genuina compasión es colocando en medio de nosotros a una persona que necesita ese amor. Así como extremamos el cuidado hacia una parte del cuerpo físico que es delicada o ha sido lastimada, también Dios desea que cultivemos actitudes de verdadera ternura hacia aquellos que parecen poseer menos madurez espiritual. Ellos nos hacen falta a nosotros, ya que por medio de ellos aprendemos a cultivar la paciencia y la bondad.

Como líder usted puede dar ejemplo de esto a su congregación dando prioridad a los que parecen ser menos dignos. No se junte siempre con aquellas personas que lo estimulan, o que le caen bien. Procure dedicar tiempo y esfuerzo a los que menos parecen merecerlo. Cuando viva con esta perspectiva estará ilustrando el amor que Dios nos tiene, pues él se nos acercó a pesar de nuestra profunda indignidad.

La división es el resultado de preferir a unos por encima de otros. La presencia de los débiles entre nosotros nos obliga a dar consideración a todos, y no a unos pocos.

martes, 3 de noviembre de 2009

ARREPENTIMIENTO DE CORAZÓN

Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo. Joel 2.12–13
Siempre corremos el peligro de que se apodere de nuestras vidas la religiosidad que tanto atrae a los seres humanos. Ella nos ofrece una conciencia tranquila a cambio de algunas prácticas que, «en teoría», satisfacen las demandas del Señor. La Palabra, no obstante, señala que fuimos llamados a una relación de intimidad con Dios. No podemos cultivar con nadie una relación significativa si la limitamos a algunos pocos ejercicios rutinarios. Las relaciones más profundas son el fruto del esfuerzo y la dedicación de un compromiso cultivado en el corazón.

Es a este nivel de compromiso que apunta el profeta Joel cuando comunica a Israel un mensaje de parte de Dios: “Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos”. El único arrepentimiento que realmente vale, en lo que respecta a la vida espiritual, es aquel que transforma la dureza de nuestros corazones y produce en nosotros un verdadero quebranto por el pecado. Es el que va acompañado, como señala el texto de hoy, por ayuno, llanto y lamento. Es decir, es la manifestación de una verdadera congoja interior.

Quien posee una mínima comprensión de los procesos espirituales en la vida del hombre sabe bien que esta clase de arrepentimiento no lo puede producir ninguna persona. Más bien es el resultado de una acción soberana de Dios. Así le ocurrió a Isaías cuando vio al Señor sentado en su santo templo   
Isaías 6.1–13, o a Pedro, cuando se postró a los pies de Jesús, proclamando su condición indigna delante del Hijo de Dios  Lucas 5.8  Solamente el Señor puede generar un genuino arrepentimiento espiritual  2Timoteo 2.25

Debemos preguntarnos ¿cuál es nuestra responsabilidad en el proceso, si nosotros no podemos producir ese quebranto interior que Dios busca?

En primer lugar
, debemos rechazar toda perspectiva trivial del arrepentimiento. A veces, en nuestras oraciones, hacemos algunas declaraciones tales como: “Señor, te pido perdón por cualquier pecado que pueda haber cometido contra tu persona”. Tales expresiones son muy generales como para tener algún valor. El pecado es un asunto demasiado serio como para encerrarlo en una sola frase.

En segundo lugar
, si sabemos que el arrepentimiento es el resultado de una acción del Espíritu de Dios, nos compete crear los espacios y momentos durante el día para que se pueda producir la revelación que conduce al arrepentimiento. Es decir, tenemos que permitir que el Espíritu examine nuestros corazones y traiga a la luz aquellos asuntos que ofenden al Señor. Solamente con pedir discernimiento podremos comprobar cuánto anhela limpiarnos el Señor, pues no tardará en responder a nuestro pedido.

En tercer lugar
, debemos saber que el verdadero arrepentimiento va a acompañado de señales externas que no pueden ser fabricadas: el quebranto, el lamento y las lágrimas. Tales señales pueden ayudarnos a diferenciar un arrepentimiento superficial de aquel que viene de lo más profundo de nuestro corazón. Procuremos, pues, la cercanía con Su persona que produce en nosotros un corazón sensible y humilde.

El arrepentimiento implica mucho más que pedirle perdón a Dios”