El alma de un niño es la flor más linda
De las que crecen en el huerto de Dios.
Ésta sube desde la debilidad al conocimiento y poder;
Al cielo, desde el barro y el terrón.
En la hermosura y dulzura, crece cuidada;
Pero si es desatendida queda desaliñada y silvestre.
Si es una planta tierna y maravillosamente rara,
La dulce y atenta alma de un niño
¡Cuídala con ternura, oh jardinero, y dale su porción!
¡Provéele humedad, calor y luz!
Que no falte en ella un buen cuidado,
Para que sea protegida del frío y la enfermedad.
Porque vendrá el día cuando empiece a florecer
El deseo hacia el camino del mundo.
Por eso, ganémosla para Cristo, mientras haya lugar,
En la sensible alma de ese niño.

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